
Nuevas divisiones dentro de la Unión Europea han salido a relucir desde el conflicto iniciado el 28 de febrero de 2026 por Estados Unidos e Israel contra Irán.
La situación en Medio Oriente no solo alteró el equilibrio internacional, sino que también evidenció la incapacidad del bloque europeo para reaccionar con una postura única y coherente ante una crisis global.
Desde los primeros días, las capitales europeas mostraron profundas discrepancias.
España asumió una posición crítica y rechazó respaldar la ofensiva militar, mientras Francia, Alemania y Reino Unido evitaron condenar los bombardeos iniciales de EUUU e Israel y pidieron negociaciones con Teherán. El resultado fue una diplomacia fragmentada y sin dirección común.
En marzo, las diferencias pasaron del discurso a los hechos, Madrid limitó el uso de sus bases militares, mientras Berlín mantuvo operativa la base de Ramstein y Londres autorizó instalaciones para ataques.
A la vez, Francia e Italia reforzaron despliegues navales vinculados a la supuesta seguridad del estrecho de Ormuz.
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Durante abril, la presión se trasladó al terreno económico. El encarecimiento del petróleo y gas por el cierre del estrecho de Ormuz golpeó de forma desigual a los socios comunitarios.
España, Alemania, Italia, Austria y Portugal exigieron a Bruselas un impuesto extraordinario a las energéticas, pero la Comisión Europea rechazó una medida común y dejó la decisión en manos nacionales.
La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, también cuestionó medidas españolas como la rebaja del IVA a los carburantes.
Mientras tanto, crecen críticas en el Parlamento Europeo por una respuesta tardía, débil y descordinada, que vuelve a exponer las grietas estructurales del bloque.




