
A unos 500 kilómetros de la costa más cercana, en la remota región de Jenguebi, en Níger, fueron hallados tierra adentro los fósiles de Spinosaurus mirabilis, un dato que refuerza la hipótesis de que estos gigantes no eran nadadores de mar abierto. Este contexto geográfico resulta clave para reinterpretar su comportamiento y hábitat en el Cretácico medio.
El ejemplar fue descubierto en 2022 en esa misma zona del Sáhara y su descripción científica fue publicada recientemente en la revista Science. Con ello, el hallazgo se convierte en la segunda especie formal del género identificada en más de un siglo.
El estudio, firmado por 29 científicos de cinco países, sitúa al coloso de hasta 13 metros y siete toneladas en el Cretácico medio, hace 95 millones de años. Además, el descubrimiento reabre el debate sobre si los espinosaurios eran plenamente acuáticos o depredadores de aguas someras.

La nueva especie se suma a Spinosaurus aegyptiacus, descrita en 1915 en Egipto, y presenta diferencias notables en el cráneo y la dentición.
Entre sus rasgos distintivos destacan un hocico alargado, dientes interdigitados que actuaban como trampa para peces y una cresta craneal de hasta 50 centímetros, probablemente cubierta de queratina y colores vivos.
Según los investigadores, esta estructura habría cumplido una función visual, asociada a exhibición o dominancia, más que a la caza.
“Me imagino a este dinosaurio como una especie de garza infernal que no tenía problemas para vadear sus patas robustas en dos metros de agua. Pero probablemente pasaba la mayor parte de su tiempo acechando en aguas menos profundas, para conseguir muchos peces grandes durante el día”, afirmó Paul Sereno, líder del equipo de la Universidad de Chicago.
El análisis comparativo con 43 depredadores actuales y extintos sitúa a los espinosáuridos en una posición intermedia entre aves zancudas y buceadoras.
En aquel periodo, el norte de África era un ecosistema fluvial conectado al antiguo mar de Tetis, con ríos, bosques y llanuras húmedas. Así, el hallazgo no solo amplía el conocimiento sobre la evolución del linaje, sino que redefine el papel ecológico de uno de los depredadores más enigmáticos del Cretácico.




