Nicaragua rinde homenaje al poeta universal Rubén Darío
Nicaragua rinde homenaje al poeta universal Rubén Darío

Dos días después de morir, a Rubén Darío le abrieron el cráneo y extrajeron su cerebro. Pesó 1,415 gramos. Durante horas fue discutido, disputado y observado como si en esa masa silenciosa estuviera la esencia del poeta que revolucionó la lengua española.

Un domingo 6 de febrero de 1916, abandonó el cuerpo físico a los 2 meses y 11 días de haber regresado a Nicaragua, testimonios describen los últimos días del poeta como convulsos, alucinantes, febriles y coléricos.

Eran pasada las 10 de la noche, las campanas de la catedral y el estruendo del cañón confirmaron la muerte anunciada. La gente empezó a acumularse alrededor de la casa mortuoria.

En la madrugada del 7 de febrero, cuando la ciudad aún no terminaba de asimilar la noticia, el cuerpo del poeta fue llevado a una mesa anatómica improvisada. Los doctores Luis H. Debayle y Escolástico Lara se prepararon para abrir el último capítulo físico de Rubén Darío.

Durante horas, el bisturí recorrió el cuerpo con precisión implacable, con las manos enguantadas, los galenos se adentraban en las cavidades abiertas, examinando órganos y tejidos en busca de respuestas.

Concluido el procedimiento y embalsamado, lo vistieron con traje negro de ceremonias. Sus facciones, ya inmóviles, adquirieron una serenidad inesperada, casi juvenil, como si la muerte hubiera devuelto a su rostro la dulzura de aquel niño prodigio que llevó el nombre de Nicaragua a los confines del idioma.

Imagen histórica del funeral de Rubén Darío en León, Nicaragua
Imagen histórica del funeral de Rubén Darío en León, Nicaragua

Fueron días enteros de homenajes hasta su sepultura; León dejó de ser ciudad para convertirse en una vigilia permanente. La noche del 13 de febrero de 1916, a las 9:15 p. m., el cortejo culminó en la Insigne y Real Basílica Catedral de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María, donde el poeta fue despedido.

110 años después, camino por León, la banda filarmónica entona el himno de la alegría, la gente empieza avanzar como aquel día. Frente a mí un coche fúnebre, recreando el cortejo que acompañó al Príncipe de las Letras Castellanas.

Cortejo fúnebre del poeta universal: Rubén Darío, febrero 1916
Cortejo fúnebre del poeta universal: Rubén Darío, febrero 1916
Recreación del cortejo fúnebre de Rubén Darío recorre las calles de León, febrero de 2026
Recreación del cortejo fúnebre de Rubén Darío recorre las calles de León, febrero de 2026

Entre largas y estrechas calles, una valla humana rodea el cortejo, jóvenes vestidos de blanco, marchan sosteniendo afiches donde laten los versos de Darío: “Yo voy gritando Paz, Paz, Paz”.

En cada esquina adolescentes, niños y niñas vestidas con trajes de musas, ninfas y ballestitas, trajes folclóricos y de gala danzan y entonan poemas musicalizados del Rubén “moderno; audaz, cosmopolita” y universal.

Bajo el sol de León, “un sol que no declina”, la ciudad entera camina, no para despedir al poeta, sino para confirmarlo vivo, renacido en cada verso que se pronuncia, en cada paso y, en cada voz que lo nombra como si nunca se hubiera ido.

Hoy, mientras camino en medio de tambores y liras de las bandas de guerra, siento que el pasado irrumpe en el presente. Las mismas calles por donde avanzó el féretro hace 110 años reciben ahora una procesión simbólica que recrea cada paso.

Los locales se asoman desde las puertas de sus casas, los extranjeros que visitan la ciudad metropolitana parecen asombrados, curiosos e interesados.

Recuerdo entonces la fascinante historia, del cerebro errante de Darío, colocado primero en una caja de galletas, rodando durante un forcejeo, reclamado por la viuda y por médicos curiosos. Algunos aseguran que fue intercambiado; otros que nadie supo nunca su destino.

Lo cierto es que el mito de dónde está la masa encefálica de Darío, creció tanto como la poesía misma. Hoy, mientras la procesión se acerca a la catedral, pienso que quizás la obsesión por ese órgano fue solo un intento desesperado de comprender la genialidad de Darío.

El cortejo de 2026 llega finalmente a la Catedral de León. Las puertas abiertas reciben a la multitud. En el interior de la Basílica se respira una calma densa y solemne, los cantos se convierten en eco, como si cada nota se quedara levitando.

Multitudinario cortejo fúnebre que acompañó los restos de Rubén Darío rumbo a la Catedral de León, Nicaragua.
Multitudinario cortejo fúnebre que acompañó los restos de Rubén Darío rumbo a la Catedral de León, Nicaragua.

La luz tenue, una mezcla de destellos cálidos con reflejos blancos que iluminan el santuario, rozan los frescos del viacrucis, donde las figuras parecen observar y no ser observadas. El aroma a flores frescas se mezcla con el humo lento del incienso y la cera derretida de las velas, creando una fragancia antigua, casi sagrada.

Afuera, los cañonazos rasgan el aire con una fuerza que hace vibrar los muros y estremecer hasta lo más hondo del ser y el campanario responde con un repique que se extiende por toda la ciudad.

Lenón, Nicaragua revive el cortejo fúnebre de Félix Rubén García Sarmineto
Lenón, Nicaragua revive el cortejo fúnebre de Félix Rubén García Sarmineto
Cortejo fúnebre Rubén Darío, febrero 2026
Cortejo fúnebre Rubén Darío, febrero 2026

Las palomas que permanecen en los alrededores del templo alzan vuelo en círculos, van y vienen como una danza silenciosa, posándose en las cornisas blancas antes de volver a alzarse, inquietas, como participantes de un rito.

Al lado derecho del altar mayor, en el interior de la Catedral, bajo la escultura de un león doliente, donde descansa Darío, se depositan ofrendas florales, mientras el sacerdote reza letanías pidiendo por el descanso eterno del poeta universal.

Salgo de la catedral mientras el sol empieza a descender sobre León. Afuera, la procesión se dispersa lentamente, entre murmullos y pasos cansados como si el tiempo volviera a su curso normal.

Mientras avanzo, pienso en aquella materia que hizo estremecer al mundo, que fue diseccionada como si ahí pudiera hallarse el secreto de una lengua nueva y de una sensibilidad que cambió la poesía para siempre.

Ese cerebro, tan humano como frágil, conoció el miedo, el cansancio y el sufrimiento del propio Darío, sus noches de angustia y sus presagios más oscuros.

Después de tanta disputa y tanto mito, terminó encontrando el mismo silencio que el resto del cuerpo que un día incendió la imaginación universal. El cerebro fue enterrado donde yace el resto de su cuerpo.

Sepulcro de Rubén Darío bajo el león doliente en la Catedral de León, febrero 2026.
Sepulcro de Rubén Darío bajo el león doliente en la Catedral de León, febrero 2026.

Y en mí resuena inevitable su propia confesión: “No hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente”.

Y comprendo, al alejarme del templo, que el cuerpo de Darío, el hombre del que se ha hablado sin pausa durante más de un siglo, no reposa únicamente bajo el león doliente, vive en las voces que repiten sus versos como oraciones laicas, en las calles que pronuncian o llevan su nombre y en cada homenaje que vuelve a convocarlo.

Lo que aquí se recrea no es solo un funeral, es la prueba más fiel de que hay muertos que resucitan en el corazón de un pueblo.