
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha comenzado a redirigir su narrativa en torno al conflicto con Irán, afirmando que el país persa ya no representa la principal amenaza para su administración. La declaración se produce en medio de una escalada militar en la que Teherán ha mantenido una respuesta sostenida en distintos frentes.
“Ahora, con la muerte de Irán, el mayor enemigo de Estados Unidos es la izquierda radical, el Partido Demócrata”, escribió Donald Trump.
El cambio de discurso coincide con un contexto interno complejo en Washington, donde sectores del Partido Demócrata han cuestionado el costo y la continuidad de la ofensiva militar. En paralelo, el Pentágono evalúa solicitar más de 200.000 millones de dólares al Congreso para sostener el conflicto, lo que podría intensificar las tensiones políticas dentro del país.
Servicios de inteligencia de Estados Unidos han admitido que no existen indicios claros de que el Gobierno iraní esté al borde del colapso.
Mientras tanto, en el terreno, Irán ha respondido con ataques dirigidos contra objetivos estratégicos en Israel y bases vinculadas a Estados Unidos en la región, además de ejercer presión sobre el estrecho de Ormuz, una ruta clave para el suministro energético global.
En este escenario, la narrativa de una supuesta derrota iraní contrasta con la continuidad de las operaciones y la capacidad de respuesta de Teherán, en un conflicto que mantiene abiertas múltiples dimensiones geopolíticas y económicas.




