
Estados Unidos firmó un acuerdo nuclear con Arabia Saudita que podría permitir al reino enriquecer uranio en su territorio, una capacidad “vetada” para Irán, hasta tal extremo en que Washington ha emprendido una guerra para poder impedirlo.
El pacto, que tendría una duración de 30 años y un valor de decenas de miles de millones de dólares, incluye una cláusula para un estudio conjunto sobre la viabilidad del enriquecimiento en suelo saudí.
Expertos en no proliferación han calificado el acuerdo como un “reverso de 50 años de liderazgo de EE.UU. en la arquitectura global de no proliferación”. A diferencia de otros pactos, este no exige a Riad adoptar el Protocolo Adicional del OIEA, el principal mecanismo de supervisión internacional. La Casa Blanca insiste en que el enriquecimiento se haría bajo un modelo de “caja negra” controlado por empresas estadounidenses, pero críticos advierten que una vez transferida la tecnología, EE.UU. corre el riesgo de perder el control.
El doble rasero que reconfigura el tablero de Medio Oriente
La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, defendió el acuerdo argumentando que “pone a Estados Unidos en primer lugar” y beneficia a la industria estadounidense, mientras que Washington continúa oponiéndose al programa nuclear iraní.
Sin embargo, analistas señalan que esta decisión podría desencadenar una carrera armamentística en la región, especialmente tras las declaraciones del príncipe Mohammed bin Salman de que Riad “sin duda” buscaría armas nucleares si Irán lo hiciera. El acuerdo, que será revisado por el Congreso, marca un giro en la política de no proliferación de Washington que podría reconfigurar el equilibrio de poder en Oriente Medio.
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